La bania rusa. Relato de un viajero.


La sauna rusa, o bania para el mundo occidental, es totalmente desconocida y, si se habla de ella, se asocia a los actuales spa, que no tienen nada que ver. Ésta, para los rusos, es como una filosofía de vida en la que no solo se busca la relajación y el bienestar, sino también la salud. Es así porque sana el cuerpo de enfermedades, limpia el alma y, sobre todo, es un lugar de encuentro para socializar con amigos y familiares. Es costumbre ir a la bania una vez a la semana.

Las primeras referencias a la bania se remontan a la Grecia Antigua. El historiador y cronista Herodoto, en el siglo V antes de Cristo, así lo relata en sus crónicas sobre las tribus que vivían al norte del Mar Negro. Cuenta el sabio griego que estos pueblos tenían la costumbre de echar piedras al rojo vivo en un tonel de agua que estaba dentro de una cabaña o choza y, con eso, producían vapor y se lavaban. También, en un antiguo asentamiento vikingo al sureste de San Petersburgo, en Veliky Nóvgorod, a orillas del río Voljov, tenían una costumbre muy similar.

Según una creencia popular, la bania tiene su espíritu guardián; se llama bannik. Hay que tener en cuenta que la tradición de la bania viene de muy lejos y que el pueblo eslavo, como muchos otros, tiene muchas supersticiones. Estas, sobre todo, están muy arraigadas en el medio rural y aldeas pequeñas.

Банник es un anciano desnudo con barba, cuyo cuerpo está cubierto de hojas de escoba y su misión es ahuyentar a otros espíritus malignos que quieren hacer mal. Por eso, de vez en cuando hay que agasajarlo con pan de centeno y sal.

Банник

Tipos de bania
Hay dos tipos de bania: chornaia bania y  belaia bania. La primera es la más antigua y en ella no había chimenea, con lo cual, el humo se mezclaba con el vapor. Solía haber un agujero en el techo de la cabaña o se abría la puerta un poco para ventilar.

La segunda tiene chimenea y es más acogedora. Hay que recordar que las piedras se calientan hasta ponerse al rojo vivo quemando leña o carbón y se vierte agua encima para producir vapor.

¿Y qué hay que hacer en la bania? el proceso es muy sencillo: hay tres estancias, todas en madera; la primera es el vestidor y zona de descanso, con mesa diván y silla, donde hay comida y bebidas como té, vodka, cerveza... Allí uno se desnuda y pasa a la segunda.

En la segunda está el espacio de duchas y baños, donde la temperatura es de unos 60 grados y es zona de paso. Y la tercera, la más importante, es la estancia de vapor, con unas temperaturas entre 90 y 100 grados. Aquí es conveniente ponerse un “gorro de bania” para proteger la cabeza del calor. Simplemente, te tumbas en una mesa o en el banco, o te sientas y sudas, y piensas en lo que te importa.

Si hay alguien contigo en esta estancia, es muy placentero que te azoten con suavidad en la espalda y en las piernas con ramas de abedul, roble, eucalipto o tilo, a modo de escoba. La pequeña relajación que produce es muy placentera.

El tiempo de permanencia en esta estancia depende de cada persona, no hay que aguantar por aguantar. Simplemente, cuando sientes que quieres salir, sales. Tras ello, vuelves a la segunda estancia y allí te echas uno o dos cubos de agua fría sobre el cuerpo; este reacciona de forma maravillosa.

También es costumbre en los pueblos o en las dachas echarse sobre la nieve unos segundos y salir rápidamente. En este punto vuelves a entrar en la tercera estancia y a repetir el proceso, o salir a la primera para beber y comer con amigos o familiares. De hecho, este ritual, que se repite dos o tres veces y puede durar dos o tres horas, es siempre un acto comunitario con seres queridos.

Las sensaciones que se describen después de la primera vez coinciden con conceptos como volver a nacer o rejuvenecer 10 años y de haber limpiado el cuerpo y alma. Los rusos dicen que no conoces Rusia hasta que no hayas participado del ritual de la bania.

 Русская баня по-белому

   Русская баня по-чёрному

                                                             


                                                                                                    Texto de   Roberto Díaz

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